Holly - Acebo

Allí donde crece silvestre esta vital planta perenne, constituye un requisito indispensable para la celebración del solsticio de invierno. Durante las alegres saturnalias, cuando los señores servían a sus esclavos y cada casa elegía a un rey del carnaval, los romanos se regalaban entre sí cirios y ramas de acebo. Los antepasados celtas de Edward Bach también adornaban sus casas con hiedra, muérdago y acebo durante el solsticio hiemal. El borracho rey del invierno, el «hombre verde», compañero de la gran diosa, que salvó el verde vital del crudo invierno, llevaba una corona de hojas de acebo. En el círculo anual estaba frente al rey de los robles, que es el señor del verano. Este rey del verano era sacrificado ritualmente en los juegos sacrales con una lanza fabricada con madera de acebo. A continuación su rival tomaba posesión de su cargo y de su divina amada adornada con hojas de hiedra. Durante el solsticio de invierno, este rey celebraba el momento culminante de su carrera y comenzaba al mismo tiempo su declive.

En los ciclos de leyendas y mitos galeses que versan sobre el rey Arturo se conservaron numerosos de los elementos mitológicos que, de forma secularizada, giran alrededor de este antiguo culto. Según una de estas leyendas, bajo la regencia de este sabio soberano de la Tabla Redonda se hizo preciso decidir cuándo la bella Isolda debía vivir con su marido legal, Mark, y cuándo con Tristán, su amante. Estos podían escoger entre la época en que los árboles llevan hojas verdes, y la época en que las hojas ya han caído. Mark, que como marido tenía el derecho de escoger primero, eligió los días invernales, sin hojas, ya que en invierno las noches son más largas. Entonces la bella mujer cantó regocijada:

Tres árboles nobles existen:
el acebo, la hiedra y el tejo.
Mientras estén vivos, hojas llevarán;
mientras yo esté viva, ¡perteneceré a Tristán!

Isolda es la diosa y su compañero Tristán es el rey del invierno del ciclo anual celta, que está adornado con ramas de acebo. Juntos los dos amantes simbolizan la unión entre el animus y el anima (el alma masculina y el alma femenina), la totalidad y la salud. Este significado también aparece en el lenguaje de las flores que fuera recopilado por la monja Hátzlerin:

«Aquellos que tengan un amor eterno en su corazón y hayan errado deberán llevar hojas de acebo»."

 
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