Wild Rose - Rosa Silvestre

En la Antigüedad se adornaban con rosas y coronas de capullos de rosas los altares de las diosas del amor y de la fecundidad, rodeados por leones, tigres y otros felinos. El botón de rosa que se abre era considerado el símbolo del sexo femenino dispuesto a entregarse. Las sacerdotisas de Venus, de Isis o de la diosa madre Cibeles montada sobre un león, llevaban coronas de rosas durante las ceremonias religiosas. Bajo el signo de esta flor estaban las fiestas orgiásticas en honor de la diosa romana de la primavera, Flora, que celebraban el renacimiento de la Naturaleza y de la vida sexual; también lo estaba el culto a Himeneo, el dios de la desfloración. Dionisos y Eros aparecen adornados con rosas. En sus banquetes, los comensales romanos también se coronaban la frente con rosas, en imitación de estos dioses, supuestamente para mantenerse durante más tiempo sobrios. La decadente Roma celebraba sus orgías y fiestas sobre lechos de pétalos de rosa. Un poeta romano escribió a este respecto: «¡Las rosas se sonrojan porque censuran la impudicia, y pinchan con la espina del pecado!».

La rosa significaba para la Antigüedad pagana la entrega incondicional a la vida, a la alegría de vivir, al delirio, a la belleza del cuerpo y su sensualidad. En el lenguaje de las flores, representan algo parecido: «Quien lleva rosas con espinas demuestra que quiere a su amada como a sí mismo». Los folkloristas hablan del oráculo del amor que los amantes pueden realizar en la mañana del día de san Juan (24 de junio). Cada uno de los amantes recoge con los labios un pétalo de una rosa silvestre y lo deja caer en agua corriente. Si los pétalos se alejan juntos, sin separarse, los amantes seguirán unidos como pareja.

Los hombres de Iglesia no podían ver con buenos ojos estas prácticas. Para los primeros cristianos, la flor se convirtió en símbolo del pecado y de la decadencia moral. No obstante, esta idea no se mantuvo mucho tiempo, ya que pronto la rosa se convertiría en atributo de la virgen María inmaculada. Las rosas que antaño adornaran las imágenes de la lasciva diosa se convirtieron en coronas de rosas de los devotos. Empezaron a surgir leyendas acerca de rosas relacionadas con la vida de los santos. La flor ya no simbolizaría el placer terrenal sino la aceptación voluntaria y espontánea del dolor terrenal. Según cuenta la leyenda, las espinas sobre las cuales se revolcó el penitente santo Domingo se convirtieron en rosas; con ellas él hizo una corona que dedicó a la madre de Dios. Otra santa, santa Dorotea, fue torturada a muerte por un juez impío. Cuando estaba a punto de morir, el juez se burló de ella diciéndole: «¡Cuando te reúnas con tu marido Jesús que está en los cielos, mándame una cesta de rosas y manzanas!». Tan pronto la santa hubo muerto, apareció un niño con una cesta llena de magníficas rosas y doradas manzanas. ¿Y quién no conoce el milagro de las rosas de santa Isabel de Turingia, la que regaló todos sus bienes a los pobres? Un día en que su severo marido quiso hurgar en la cesta donde llevaba pan para los pobres con el fin de reprenderla por su generosidad, la cesta estaba llena de rosas.

 
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